Es importante que expliquemos cómo han podido llegar hasta la actualidad algunas joyas con varios siglos de antigüedad en perfecto estado de conservación. Esto se debe, principalmente, a la costumbre funeraria que consistía en que, cuando una persona moría, era enterrada con todas sus pertenencias, incluidas, por supuesto, las joyas. En otras ocasiones, estas pasaban de padres a hijos, como herencia familiar o como símbolo del nivel social de esa familia.
Las joyas más habituales para adornar la cabeza son las coronas (símbolo, sobre todo, de la realeza y de la aristocracia).
Los pendientes y los aros se usan en muchas culturas para adornar las orejas, pero, también, los labios y la nariz.
Los collares, las gargantillas y los colgantes adornan el cuello. Los collares bajan hasta la altura del pecho, y muchos de ellos llevan también colgantes, que pueden representar figuras o símbolos. Por el contrario, las gargantillas van, generalmente, pegadas al cuello.
Muchas culturas han usado también joyas para sujetar y decorar sus ropajes. Algunas de las más importantes son los cinturones, los broches y las fíbulas (una especie de broche, a modo de imperdible, que sujeta las túnicas a la altura del hombro). Uno de los mejores ejemplos de fíbulas los tienes en la cultura franca, elaboradas en el siglo VI. Miden unos 10 cm, aproximadamente, y están realizadas en oro, bronce y granate.
Los brazaletes y las pulseras adornan los brazos. Las pulseras se colocan, generalmente, a la altura de la muñeca, y los brazaletes suelen ir en el antebrazo. También hay anillos de todo tipo para los dedos (incluso de los pies), y tobilleras para los tobillos

Corona de Recesvinto
Esta magnífica corona pertenece al tesoro
Guarrazar. Actualmente se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid (España)
Este pendiente está realizado en oro, y decorado con una figura de dos cabezas de pájaro.















